Hay formas y formas de perder un partido de fútbol. La del pasado domingo en Montilivi resultó especialmente dolorosa desde la perspectiva del Athletic. El equipo bilbaíno, que acumulaba diez jornadas ligueras consecutivas sin conocer la derrota, hincó la rodilla ante el Girona de manera preocupante.

Ziganda, claro está, vuelve a ser el centro de las críticas. Al técnico navarro le dio por eso que en el argot periodístico entendemos como “jugar a entrenador” y la apuesta le salió rana. A partir de ahí, de ese triste y doloroso 2-0, la veda para sacudir al míster rojiblanco queda abierta.

Llueve sobre mojado. Las jornadas pasan y Ziganda no acaba de dar con la tecla. El equipo sigue sin completar un partido redondo y lo único que le mantiene vivo es su indiscutible espíritu competitivo. Lo podrán hacer bien, mal o incluso regular, pero los leones pelean hasta el mismísimo pitido final. Pobre consuelo.

La responsabilidad en este tipo de coyunturas suele recaer sobre el entrenador de turno. Ziganda, vuelvo a insistir, no es el problema del Athletic. Los que saltan al terreno (ahí sí que habría que ponerle más de un pero al navarro) tienen mucho que ver con esta descafeinada imagen del conjunto rojiblanco.

Tomando como referencia este último compromiso liguero habría que comenzar incidiendo en las numerosas variaciones llevadas a cabo por el míster. Demasiadas para un mismo partido: debuts de dos jugadores (Iñigo y Andoni López), vuelta a la competición de otro tras una larga inactividad competitiva (Yeray), duda en la portería tras recuperarse de su lesión el teórico meta titular (Kepa), nueva suplencia del máximo goleador del equipo (Aduriz), convocatoria cuando menos desconcertante (ni Córdoba ni Merino, dos delanteros, viajaron), cambio de sistema…

La puesta en escena

La puesta en escena de uno y otro contendiente en la lluviosa tarde de Montilivi resultó determinante. El Girona funcionó desde el mismísimo pitido inicial como un bloque con todos los mecanismos bien ajustados y mejor ejecutados. El Athletic, en cambio, a la deriva. El riguroso penalti señalado a Andoni López y transformado por Stuani en el minuto 6 acabó con la opción de la sorpresa tras la variante táctica de Ziganda y puso a los leones en su justo sitio (corriendo casi siempre detrás del balón). El resto, pese al cambio al sistema habitual que se vio sacudido enseguida con el segundo gol local, fue un frustrante ejercicio de querer y no poder.

A Iturraspe y Mikel Rico les toca ahora escuchar lo que no mucho antes tuvieron que oír San José o incluso Vesga. Beñat también parece mejor cuando no juega que cuando está sobre el terreno. Tanto hablar en Bilbao de que el centro del campo no genera fútbol para que el modesto Girona demuestre a propios y extraños que el desequilibrio llega por las bandas.

Machín, fiel a su defensa de tres centrales con dos carrileros, apostó por jugar con doble pivote por delante y abrir a las bandas a Portu y Borja García con Stuani por medio. Los dos goles locales llegaron en sendas entradas laterales.

Lekue

En el Athletic, en cambio, el único que lo intentó siempre, sin suerte ni acierto, por su banda fue Lekue. El debutante Andoni López no acabó de soltar el freno de mano. La diferencia en Montilivi, en definitiva, radicó en que Portu y Borja García generaron superioridades y peligro por su banda con la ayuda de los carrileros Maffeo y Mojica y en el Athletic, mientras tanto, había cuatro medios por delante de la defensa que apenas eran capaces de generar peligro por las alas porque, entre otras cosas, su perfil futbolístico no se ajusta a esas características. Como le gusta decir a Ziganda: lo que no mejora, empeora

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Mundo Deportivo

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