Los aficionados del Barcelona no necesitarán pedir un plano hoy en Madrid. Están más que acostumbrados a pasear sus bufandas y banderas por la capital de España y, como mucho, tendrán que preguntar cómo se llega al Wanda Metropolitano, por aquello de ser nuevo. Madrid y Valencia se han convertido en sus lugares habituales de celebración. El club azulgrana no para de alzar la Copa del Rey. El runrún de los pitos en la final copera ha pasado de un monarca a otro gracias a lo implacable que está siendo el Barcelona con esta competición. Y hoy quiere más. No parar de ganar para que las penas europeas lo sean menos. La Copa casi sólo lleva a ambos lados los colores azulgrana. Los catalanes se lo han ganado por derecho propio. Nadie tiene más copas que ellos.

Delante no tendrán a un rival cualquiera, más bien a un viejo conocido. El Sevilla se ha convertido en un habitual de las finales y tiene una nueva prueba para confirmar que su época dorada no se ha terminado. Que sigue vivito y dando guerra, por mucho que las penas ligueras sean insoportables, sobre todo para una afición acostumbrada al buen jamón, a ese que degustaba con Monchi en la parcela técnica, y que ahora no quiere que se le vaya este sueño, con un proyecto tocado incluso con final, de escaparse la Copa.

Entre la feria y Sant Jordi

Llegan los sevillistas con la alegría que les ha metido la Feria en el cuerpo. Una semana de amistad y manzanilla que concluye esta misma noche. Fuegos artificiales lucirán en el cielo sevillano a la medianoche. A esa hora -si la prórroga no lo remedia- habrá nuevo campeón de la Copa. De ser el conjunto andaluz, el cielo se teñirá de rojo, el sevillano y el del Wanda, como broche final a las clásicas fiestas de primavera de la capital hispalense: Semana Santa, Feria y la final de abril-mayo sevillista.

Más comedidos y casi en víspera de Sant Jordi, los barcelonistas andan más preocupados de lo que pueden perder, que de lo que pueden ganar. La herida de Roma aún escuece y todo lo que no sea triunfar esta noche puede desatar un incendio que hace unas semanas era impensable. Así son las cosas en Can Barça. Se pasa del Triplete al ambiente enrarecido en poco tiempo. Tal y como reconocían Valverde y Rakitic ayer en sala de prensa, existen en el vestuario culé ciertas ganas de reivindicarse con un título. La Copa debe tener un efecto balsámico para los azulgranas y, de paso, servir para que sigan dominando con mano de hierro la competición que mejor se les da históricamente. Que Iniesta levante la trigésima en su última final como azulgrana es una foto que sólo el Sevilla puede robar. Un equipo, el de Montella, al que tampoco le conviene mirar abajo en este ejercicio de funambulismo que será el duelo de esta noche.

El Sevilla se la juega. Montella se la juega. Óscar Arias se la juega. Y el sevillismo se la quiere jugar. Apuesta todo al rojo y al blanco. Bernabéu 2007, Camp Nou 2010 y ahora Wanda 2018. Quieren escribir su nombre en la historia del flamante estadio del Atlético. Tiene todo en su contra, como casi siempre, pero la sensación de que cuando el mundo le da la espalda vuelve a renacer, eso impregnado -cómo decía en MARCA Miguel Layún- en la propia sangre de la entidad, es la bala que ni el Barcelona puede detener. Ni un himno que sonará por encima de pitos y gaitas. Hay final hasta que Messi diga lo contrario.

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