El funambulismo es la especialidad de la casa. El Madrid se pasea como nadie por el borde de los acantilados. Sobrevivió en Huesca a un «eibarazo». Como el partido del Madrid fue horroroso, el positivismo en la crítica se llenó de tópicos: tres puntos más y un partido menos, tres puntos de oro, esto no es cómo empieza sino cómo acaba, en campos así se gana la Liga, jugar mal y ganar es de equipo grande, partido a partido… Una colección de eslóganes de autoayuda, de manual de psicología barato, de tapa blanda. El Madrid fue un desastre ante el Huesca. La victoria se cimentó en la casualidad. Dio la casualidad de que el tirazo de Bale fue dentro y tres remates francos del rival se marcharon fuera. Hubo otra serie de disparos que se encontraron con la calidad de Courtois, que lo paró todo con el viento a favor y con el viento en contra. El portero maquilló una tarde que iba camino de la vergüenza. El Madrid ni atacó, ni defendió, ni tuvo la pelota, ni ofreció plan alguno más allá de un mero ejercicio de supervivencia, de adaptación al medio. Lo hace hasta una ameba.

¿Hasta cuándo?

En tiempos de Lopetegui, la pregunta era hasta cuándo duraría la sangría. Todo lo que podía salir mal, salía mal. En tiempos de Solari, la cuestión es hasta dónde durará la potra. Cualquier accidente con incidencia directa en el marcador es favorable: autogoles, errores, tiros al palo… Hasta el lánguido Bale, un muerto en vida en la etapa de Julen, marcó ayer… 99 días después. Tres meses sin hacer un gol en Liga se ha tirado «el elegido». A Solari se le atribuyen unas cualidades sanadoras como si hubiera curado al equipo por imposición de manos. Pero la mejoría no es tal. Al Madrid le ha cambiado la racha igual que cambia jugando al julepe. En esta tacada, es muy posible que se engorde el palmarés con un Mundialito. Pero se hace difícil pensar que el equipo esté para empresas mayores.

Dembélé, reincidente

Dembélé llegó tarde al entrenamiento del Barça. Dos horas. O sea, no fue un semáforo ni que los CDR habían cortado la autovía. Es reincidente. Fue falta de atención. De actitud. De respeto. De responsabilidad. Probablemente, al aficionado culé lo que le pide el cuerpo es que Valverde le meta un puro. Por niñato. Es cierto. Son temas que atañen y corresponden a las funciones del entrenador, encargado de vertebrar el orden y la disciplina en el grupo. Pero es posible que el caso Dembélé haya traspasado el ámbito del reglamento interno para convertirse en un asunto de sensibilidad del propio vestuario. Es posible que a estas alturas de la película, sea más eficaz que Messi le diga: «Mira, hijo, vamos a dar un paseo…» que una sanción del club o una ausencia en la próxima lista. La multa se la pasará por el forro y la abonará con la solvencia de su sueldo, mientras el próximo partido del Barça es un amistoso ante el Tottenham, en Champions. Nada removería más la conciencia de Dembélé que una charla con Messi. Un paseo por el campo de entrenamiento, oliendo la hierba. A lo ancho. Ir hasta la otra banda y volver. No se necesitan más metros ni más minutos para hacerle ver enorme error que está cometiendo con su carrera y con su vida. Y si el paseo con Messi no funciona, entonces, sí. Entonces habrá llegado el momento de descargar sobre Dembélé todo el aparato sancionador del club.

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