El mundo del fútbol se diferencia bien poco del real, del que vive el ciudadano corriente, ese que ve cómo, por ejemplo, sus hijos deben invertir años y años de concienzuda preparación académica, tratando de optar a becas y másters que no lastren la economía familiar y, de llegar a ellos, o incluso quitando un plato de la mesa para que puedan complementar sus estudios, ven en los medios de comunicación cómo las élites del país se pasan por el forro de la indecencia cada esforzado paso de las personas de a pie, esas que no pueden cruzar un umbral invisible sin el padrino apropiado. En el fútbol pasa tres cuartos de lo mismo, con una meritocracia que en demasiados casos no se tiene en cuenta. Gana quien más ladra, el que se las da de líder sin serlo y quien filtra tres cosillas para poner al club de turno entre la espada y la pared. Son infinitos los casos y el lector puede tener ahora en su memoria los que quiera.

Viene esto por el que ya vamos a denominar caso Sarabia. La situación es la siguiente: Sarabia quiere quedarse en el Sevilla (le restan dos años de contrato) y, encima, quiere prolongar su contrato. Ha pedido ascender al segundo escalón salarial porque piensa que lo merece (meritocracia). Ya llevan cerca de un año hablando con regularidad pero sin prisas, ya que el club sabe que seguirá rindiendo y no desatará ninguna tormenta mediática en su contra. Así es. En este mundo se toma a las persona educadas y profesionales por ingenuos o manejables. No hay que irse muy lejos para ver casos en el mismo club donde por tres partidos buenos el agente y el propio jugador han llamado no menos de 20 veces al director deportivo para plantear una subida de sus emolumentos (es información, no opinión). El jugador en cuestión viste ahora los colores de la Lazio. De haberse quedado, para no tenerlo a disgusto, se habría consensuado su mejora. Con Sarabia, no. Bueno, hasta ahora, ya que el agua va llegando al cuello.

¿Qué más tiene que hacer el madrileño para que se le valore? Y es más, ¿a qué illuminati se le ha ocurrido que coger sus 18 millones de cláusula por un traspaso mejorará la actual plantilla? Vamos a jugar a ser directores deportivos. Acudamos al mercado y busquemos un centrocampista ofensivo, que ayude en la elaboración del juego, sea sacrificado, capaz de adaptarse a más de tres posiciones (en el Sevilla ha jugado de seis distintas) y sume dobles figuras (más de 10 goles y asistencias) por año. Se me ocurre a bote pronto James Rodríguez. ¿Cuánto vale?? El valor real de Sarabia es más del doble del que pone su contrato para salir. Dejarle marchar sería un error imperdonable, pero claro, no alzará la voz ni tiene altavoces que la levanten por él.

Porque alguien con conocimiento profundo de esta plantilla me dijo hace unos meses que el Sevilla del futuro debía construirse sobre jugadores como Lenglet y Sarabia. Jóvenes, preparados, con ambición, profesionales, con un respeto escrupuloso por la entidad y, algo muy importante, sus aficionados. Sino miren las imágenes de firmas en un centro comercial, visitas a hospitales o cualquier acto que impulse o colabore el Sevilla. No duden que en la suma de todos los más habituales eran ellos dos. ¿Eso los hace mejores jugadores? No. Pero al fin y al cabo son la imagen del Sevilla Fútbol Club. Llevan su escudo grabado en la cara hasta cuando salen a tomar una cerveza. Y tampoco es que sean jugadores del montón. Estaban entre los cinco mejores (rendimiento en mano) del pasado curso. Pero claro, mejor será tener al N’Zonzi irrespetuoso con sus compañeros y con muchas papeletas de líar otro guirigay en el vestuario o a un Banega, el que más cobra de largo, que ha llegado de vacaciones pidiendo un nuevo guiño a su contrato.

A los buenos hay que tenerlos, claro, pero rodeados de perfiles de estrellas currantes, no estrellitas en los tatuajes y rendimiento cuestionable. No valorar a los tuyos, a los que hablan del Sevilla con orgullo y brillo en los ojos terminará por pasar factura. Mirar a Samu Castillejo (buen jugador pero en un escalón inferior a Sarabia) con ojos de amor de verano es típico de los aficionados en este mercado, no de dirigentes y gente de fútbol. Malvender a Sarabia por 18 millones suena a pesada broma, producto de una semana sin dormir por culpa del sofocante calor. O no. Alguien lo puede ver idóneo y facilitar su adiós. El tiempo hablaría de error o acierto, aunque no hay que ser un genio para conocer qué sucederá. Después llegan los lamentos cuando se echa en falta a mitad de año, en medio de alguna crisis que pone muy nerviosos a los que mandan, la mano de jugadores que sean capaces de tirar del carro. Se dijo adiós a jugadores no indiscutibles pero realmente importantes dentro y fuera del campo como Iborra o Coke. Sarabia sí que es indiscutible, que le pregunten a cualquiera de los entrenadores que ha tenido o al propio Pablo Machín. Jugar al Monopoly futbolístico, repito, es algo típico y normal de aficionados sin otro divertimento veraniego. Los expertos en el tema deberían poner cordura y sensatez en el caso Sarabia. El Sevilla y los sevillistas se lo terminarán agradeciendo.

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