Ricardo Gareca y Oscar Ruggeri tienen mucho en común. No sólo han quedado en la historia de la eterna rivalidad del Superclásico como los primeros dos futbolistas que ‘huyeron’ de un equipo (Boca) a otro (River) en febrero de 1985, sino que sus vidas han ido casi en paralelo a partir de ese momento. Tanto que el delantero es el padrino del hijo del defensa.

La huelga

Boca no pasaba por un buen momento económico en 1984 y el plantel se llamó a una huelga contra el club, que en ese momento era presidido por Domingo Corigliano, que debido a la presión que tenía sólo duró 11 meses en su cargo. Los jugadores Xeneizes le hicieron la vida imposible al mandatario por los incumplimientos salariales que el club tenía hacia ellos. Debido a esa situación, el popular equipo de La Boca jugó algunos encuentros con los jugadores que no tenían contrato profesional. Aquella época se recuerda como la peor de la institución.

Ocho meses sin ver un duro

La situación entre los jugadores y los directivos se había puesto tan tirante por la falta de liquidez que estos pidieron una reunión en la casa del presidente con el fin de buscar una solución a los impagos que tenían los jugadores, que llevaban ¡ocho meses! sin cobrar su sueldo. El momento era tan tenso que los jugadores grabaron, sin que Corigliaro supiese, la reunión. Poco después abandonó la presidencia.

Lamentables torneos

Mientras la situación directiva-jugadores era casi inexistente por la falta de liquidez, los hinchas de Boca no entendían de esto y les achacaban toda su ‘ira’ con los jugadores por el lamentable rendimiento sobre el campo. El club terminó en el puesto 16 en un torneo de 19, sólo seis puntos por arriba de Atlanta, que fue el colista, aunque los descensos ya eran por los descensos y quedó eliminado en la primera fase del Nacional al quedar tercero en el grupo de 4 equipos.

Las camisetas sin números

Para situarnos en la situación por la que pasaba Boca en ese 1984, que terminó con Ruggeri y Gareca en River, también hay que remontarse al 8 de julio de ese año. Ese día Boca, con todos sus juveniles, debido a la huelga de los profesionales, recibía a Atlanta. Como los de Villa Crespo trajeron una camiseta azul oscuro, los locales no tenían una alternativa a la tradicional azul y amarillo, por lo que tuvieron que jugar con unas ‘remeras’ blancas de entrenamiento, a las que les pusieron los números con ¡fibras (rotuladores)! Cuando comenzaron a transpirar las camisetas, todos los números se difuminaron.

Los cántitos

La relación jugadores-directivos ya era tan desgastada que afectó a la unión entre los aficionados y los profesionales, por lo que los hinchas tomaron partido y se pusieron en contra de los jugadores y apoyaban a los juveniles que jugaban en Primera. Y comenzaron los cantitos en contra de ellos. “…Ole le, ola la, a esa camarilla la vamos a matar…”, fue uno de los primeros.

El penalti que hundió a Gareca

El 3 de octubre Boca recibía a Talleres en cancha de Vélez. Los porteños ganaron 2-1 con un doblete de Stocco, pero el resultado fue lo de menos. En ese partido la ‘barra brava’ de Boca puso su mira definitva en Ricardo Gareca, que había errado un penal en el minuto 7, cuando el partido estaba 0-0.

El rechazo de los aficionados de Boca

Los agravios de los ‘ultras’ de Boca hacia el actual seleccionador de Perú fue cada vez a más y los insultos subieron de tono hasta llegar al famoso cántico: “Gareca tiene cáncer, se tiene que morir…”. Esos mismos hinchas habían pasado del “Gareca no se va, Gareca no se va”, cuando el Torino había ofrecido un millón y medio de dólares por su pase. Era el ídolo de esos aficionados, pero cuando el jugador quiso protestar por lo que consideraba justo, esos mismos le trataron de traidor. “Podría haber sido un buen ídolo de Boca”, supo decir alguna vez en una entrevista a Olé.

Amenazas de los hinchas de River

Lo llamativo de Gareca es que hasta los hinchas de River se lo tomaron contra él. 12 partidos en el club no le alcanzó a tener cierta afinidad con ellos y se marchó al América de Cali, equipo con el que jugó la final de la Libertadores ante el River su amigo Ruggeri en 1986. Estos ‘ultras’ no sólo le silbaron, sino que le apuntaron con pistolas, ya que estaban convencidos de que jugaría la final de aquella Copa con la camiseta de Boca debajo de la del América.

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