Los holandeses somos un pueblo trabajador. Tenga en cuenta que nosotros le hemos arrebatado terreno al mar. Aquí la gente se ha ganado con sudor la tierra que pisa». Un paseo con Leo Beenhakker por los polders, en aquellas pretemporadas del Real Madrid en Holanda, a finales de los 80, servían para medir el orgullo del entrenador por su pueblo. Leo sabía de quesos y sabía de polders. Beenhakker hablaba de cómo se lograron contener las embestidas del Mar del Norte, de la ingeniería de diques, canales y esclusas para que Holanda pudiera crecer hacia el océano, casi de forma ilógica, con alguna población por debajo del nivel del mar según las mediciones geográficas.

Cualquier conversación con un holandés sobre los logros y el trabajo de su país hará que brote enseguida el orgullo por los polders. Y por el Ajax, claro. El Ajax es patrimonio nacional holandés. En realidad, podría ser declarado bien de interés mundial en el Planeta Fútbol por su aportación a la evolución del juego. Esta es la historia de cómo un pequeño club logró sentar las bases del fútbol moderno.

La espalda de Michels

A mediados de los años 60, el Ajax, el fútbol holandés en su totalidad, se movía en el amateurismo, sin más pretensiones que jugar una liga a cara de perro, gracias a rivalidades históricas, y comparecer en Europa cuando había ocasión. Como todos los clubes, por muy pequeños que sean, el Ajax tenía sus históricos. Uno de ellos era Rinus Michels, un delantero que había ingresado en el club en 1940 y que estuvo marcando goles hasta 1958. Toda la vida sirviendo al equipo de la franja roja cuando su espalda se lo permitía. Porque fueron sus problemas físicos los que le alejaron del área y le acercaron al banquillo.

En 1965, en medio de una crisis galopante que amenazaba con llevar al Ajax a Segunda, Michels se hizo cargo del equipo. No tenía ninguna experiencia. Sólo contaba con su arrojo personal y con algunas influencias de Jack Reynolds, su entrenador durante su etapa en activo. Un inglés que ya apuntó trazos de lo que definiría más tarde el estilo del Ajax.

Michels no lo sabía cuando tomó posesión del cargo pero iba a tener dos socios. El técnico no tardó en darse cuenta de que contaría también con la complicidad de dos melenudos. Con apenas 17 años, un tal Piet Keizer y un tal Johan Cruyff acababan de firmar su primer contrato profesional con el Ajax, si es que a aquel ámbito en el que los jugadores se llevaban la ropa del club para lavarla en casa se le podía llamar fútbol profesional. El flaco había debutado un par de meses antes con el primer equipo. Y ya se hablaba de él en las tribunas. En realidad, hacía años que se hablaba de Cruyff. Vivía a tiro de piedra del estadio De Meer, la casa del Ajax, y nadie le recuerda haciendo otra cosa que no fuera patear un balón bien dentro de las instalaciones o fuera de ellas.

Primera Plana: Las mejores jugadas de Cruyff con el Ajax

El talentazo de Cruyff no pasó desapercibido para Rinus Michels. Pero acaso, lo que más le sorprendió fue la respuesta del chaval para ver el fútbol más allá de un mero divertimento. Cruyff lo siguió con la veneración del alumno al maestro desde el primer día y como era el mejor futbolista del equipo, el efecto de arrastre que produjo en el resto de compañeros facilitó la tarea de un entrenador que estaba dispuesto a poner el Ajax patas arriba.

Tenaz y severo, Michels explicó a sus jugadores lo que quería. Con los ojos bien abiertos y la mente alerta, los Cruyff, Krol, Haan, Mühren, Neeskens, Keizer y Rep se empapaban de lo que les pedía un recién llegado. Y lo que les pedía era romper con el orden establecido. Acabar con los tres defensas al uso, los dos centrocampistas y los cinco delanteros, sin más táctica que sus habilidades y la acumulación de jugadores en cualquier zona del campo. Aquello era muy antiguo. A lo que ellos harían lo llamarían 4-3-3 y el mundo le pondría el pomposo nombre de fútbol total.Y en verdad lo era.

Fiebre en ataque… y en defensa

Michels partió de unas posiciones de salida para una óptima ocupación del terreno -el famoso 4-3-3- pero los dueños de la demarcación no tenían por qué ser siempre los mismos. Se mantenía el dibujo, no los nombres. Dependiendo de dónde se recuperase el balón o cómo se atacase, Cruyff, que jugaba en punta, podía ser el lateral derecho si la jugada le sorprendía por allí. Era un desorden ordenado. Y sucedía porque la presión a la que sometían al contrario era febril, exagerada, sin ninguna ortodoxia para la época, tirando el fuera de juego de manera suicida. Era la primera vez en la historia que los delanteros defendían y los defensas atacaban. Cualquier imagen de aquel periodo -abundan en Youtube los ejemplos- lo explica mejor que cualquier parrafada. Hay que verlo.

El método Michels tuvo el refrendo en un grupo de jugadorazos excepcional. No se sabe qué hubiera ocurrido con toda aquella arquitectura de no haber recaído la responsabilidad en una generación de futbolistas con una capacidad física de primer orden para mantener la presión y en unas cualidades técnicas que lo emparentaban con el mejor Brasil para traducir en victorias aquel dominio. Al Ajax sólo le faltaba escaparate. Salir de un pequeño país con una pequeña liga semiprofesional y poner a prueba su fútbol en el mejor escenario posible: la Copa de Europa. Pronto obtendría respuestas.

El asombro de todo un continente

De coquetear con el descenso, el Ajax pasó a ganar la Liga de su país y a disputar por derecho propio la vieja Copa de Europa, un terreno sólo reservado para los campeones. Jugar ahí era entrar también en la liga del fútbol televisado, ingresar en un incipiente fútbol en expansión que, más allá de los Mundiales, colocaba a los equipos en el centro del foco. El Real Madrid, el Manchester United, el Inter, el Milan, el Benfica… El Ajax formaría parte de la aristocracia del fútbol europeo antes de lo que muchos pensaban.

Sólo un año y pico después de la llegada de Michels, el Ajax vapuleaba al Liverpool de Shankly por 5-1 en el pequeño De Meer, un estadio familiar para 30.000 espectadores, alejado de los templos de la época. Al año siguiente el Real Madrid de los yeyés necesitó de la prórroga para eliminar a aquellos holandeses de melena y patilla larga que no paraban de correr en los noventa minutos. De entre todos, claro, sobresalía la imponente figura de Cruyff con un repertorio descomunal: aceleraciones, frenazos, remates, regates secos, autopases, intervención en cualquier zona del campo… Todo ello acompañado por una altivez y una personalidad que causaba admiración, odio y temor.

En el año 69, el Ajax de Michels obtuvo su primer gran hito: llegar a la final de la Copa de Europa. Fue vapuleado en el Bernabéu (4-1) por el gran Milan del momento pero la propaganda que había obtenido el equipo durante las eliminatorias fue tan fértil o más que si hubiera ganado el trofeo. Europa había conocido una nueva forma de jugar al fútbol. ¿Quienes eran aquellos tipos de la franja roja que encadenaban ligas y copas en Holanda? ¿Quién era el muchacho aquel que se atrevía a toser a Eusebio y meter dos goles al Benfica en un partido de desempate? ¿De dónde diablos había salido el Ajax de Ámsterdam?

Un triplete histórico

Lo que ocurrió después, es historia del fútbol moderno. Sucedió que el Ajax fue puliendo cada vez más su estilo. Que sus jugadores fueron creciendo. Que Cruyff se convirtió en el mejor futbolista del planeta, alternando actuaciones estelares en el césped con una visión de la industria del fútbol adelantada 30 años a la época. Suyas fueron las primeras reivindicaciones en pos de los futbolistas, abriendo un mundo que empezaba a canalizar sus beneficios a través de contratos publicitarios o sentando las bases de derechos que hoy son inalienables, con un sentido del negocio nunca visto en un futbolista. Era un aristócrata en el campo y un líder sindical fuera del césped. La clase dirigente no daba crédito.

En los años 71, 72 y 73, el Ajax ganó la Copa de Europa. No ocurría algo semejante desde las cinco consecutivas del Real Madrid, en la década de los 50. El dominio del fútbol mundial por parte del Ajax fue apabullante. Aquella forma de presionar, aquel ataque con los extremos abiertos, el fútbol a uno o dos toques lo barría todo en una Europa acostumbrada a un juego más físico y con pocos recursos arbitrajes para cortar los brotes de violencia. A Cruyff lo breaban en cada partido pero, como un junco, se mantenía siempre erguido.

Sorprendentemente, tras la primera Copa de Europa -2-0 al Panathinaikos en Wembley- Michels dejó el equipo. No podía hacer más, daba su obra por concluida. El Barcelona, incapaz de ganar la Liga en España durante una década, le ofrecía un buen contrato.

Nada alteró la hoja de ruta del Ajax. Los jugadores tenían motivación y convencimiento, Cruyff acababa de ganar su primer Balón de Oro y el método estaba pulido. Sorprendentemente, el club se hizo con los servicios de Stefan Kovacs, un técnico rumano procedente del Steaua de Bucarest. ¿Hay algo más contracultural que plantar un entrenador rumano en la escuela del Ajax? Así funcionaba el club, de revolución en revolución.

Kovacs, plenamente identificado con el estilo de la casa, no sólo dejó funcionar lo que ya iba solo, sino que contribuyó con algún movimiento. El principal fue sacar a Cruyff de la delantera y retrasarlo unos metros, al centro del campo. Y funcionó. Basado en el papel de Di Stéfano en el Real Madrid, donde don Alfredo era capaz de jugar en cualquier lado del campo, Kovacs quiso para Cruyff un papel parecido. Tocar, armar, recibir en el centro y disfrutar de libertad para decidir cuando romper en ataque. Así cayeron dos Copas de Europa más para el equipo y dos Balones de Oro para Johan. Era, simplemente, perfecto.

La obra cumbre

De las dos Copas de Europa que estaban por venir, acaso el vapuleo al Bayern Munich, en Ámsterdam, 4-0, fue la obra cumbre del equipo más allá de las finales. En aquel Bayern, que luego tomaría el relevo del Ajax, estaba la flor y nata del fútbol alemán, con Maier, Schwarzenbeck, Beckenbauer, Breitner, Hoeness y Müller como columna principal.

Un año antes, Cruyff se había coronado como el mejor jugador del momento con dos goles en la final al Inter, en un partido que fue una metáfora: el catenaccio italiano frente al fútbol total. Y ganó el fútbol total.

Ya sólo quedaba completar el trienio mágico en la final del 73, frente a la Juve. El marcador fue exiguo, 1-0, pero coronaba a toda una generación y a todo un método. Ahí acabó o empezó todo, según se mire. Terminó un periodo glorioso pero quedaron las bases de un fútbol moderno del que empezó a beber la selección holandesa y que más tarde alcanzó al Barcelona del Cruyff entrenador, a la selección española de Luis y Del Bosque y de nuevo al Barça de Guardiola.

Sucursal azulgrana

En el caso del club azulgrana, el impacto de Cruyff en todas sus facetas fue de tal calibre que nunca escapó del hechizo. El Ajax dejó de dominar en el 73 porque Cruyff se fue al Barça donde lo esperaba Michels. Alguien quiso trasplantar el modelo y, aunque ha sido desigual en determinadas épocas, perdura hasta nuestros días. Aquel Ajax tuvo un impacto en el fútbol que no se volvió a conocer hasta la irrupción del Milan de Sacchi. Fue un fútbol jugado contra una época, una revolución, un cambio de estatutos en el que el placer por el buen juego y los resultados fueron de la mano. Ah, aquellos melenudos de la franja roja…

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