Cerrado el mercado invernal con la contratación de Morata para los próximos 18 meses como principal movimiento, la maquinaria del Atlético no se detiene en la configuración futura de una plantilla que vivirá una ostensible remodelación como consecuencia del inevitable relevo generacional, de los malabarismos económicos precisos para ajustarse al límite salarial impuesto por LaLiga, así como del imparable crecimiento en el que se ha visto inmersa la entidad desde que Simeone comenzara a multiplicar los recursos de manera inimaginable.

En la temporada en la que se anunciaba a bombo y platillo que el Atlético se encontraba ante la mejor plantilla de su historia -Simeone nunca se dejó llevar por esa desmedida euforia y siempre apeló a que fuera el balón el que validara esa consideración- no tiene cabida que un modesto Girona apareciera como el verdugo en los octavos de la Copa, ronda siempre superada desde que El Cholo se erigiera en el Mesías rojiblanco.

Con el 26 a la espalda, 17 años y el Camp Nou como marco, el 19 de septiembre de 2009 cumplía el sueño de aquel niño de Vallecas que desde que hicieran una excepción para que pudiera incorporarse al prebejamín antes de lo estipulado recorrería todas las categorías de la cantera hasta compartir vestuario con algunos de los jugadores a los que había idolatrado.

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